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HABLAR EN PÚBLICO ES PEOR QUE MORIR

POR LUCANO DIVINA PUBLICADO 17-05-2012
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En una violenta turbulencia, el humano preferiría que el avión se estrellara, antes que ser la azafata que pide por altoparlantes que se ajusten los cinturones. En un salón de clases, el humano preferiría morir ignorante, antes que alzar la mano y salir de la ignorancia. En el Titanic, Jack prefirió saltar al agua congelada, antes que afrontar otra incómoda charla con la estirada familia de Rose. En un funeral, el humano preferiría ocupar el ataúd, antes que pronunciar el discurso de despedida en una iglesia abarrotada de dolientes.

La muerte es segura, pero la humillación no. Una vida sin drogas, alcohol, tabaco, porno, McDonald's o cualquier otro vicio, no garantiza un escape a la muerte. En cambio, una vida sin el brindis del padrino de boda, alocuciones presidenciales, reinas de belleza respondiendo preguntas de cultura general o cualquier otra perorata plagada de lugares comunes, sí puede evitar situaciones embarazosas. En pocas palabras, la humanidad reconoce que la muerte es parte de la vida, pero prefiere que la vergüenza sólo sea parte de la vida de los otros.

Sin embargo, al igual que la muerte, al humano siempre le llega la hora. Tarde o temprano le toca enfrentarse a una audiencia -tías insistentes, estudiantes burlones, jefes malhumorados, inversionistas desconfiados o auditorios impacientes-, embargándolo en una explosiva intranquilidad.

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No deja de ser paradójico que el miedo lo abrume para hablar en público, mientras es un experto para hacerlo en privado, especialmente a espaldas de los demás. Pero es un hecho que la inyección de adrenalina gritándole "¡Huye!", nada más le llega cuando una infinidad de ojos pueden juzgarlo por no saber de lo que habla, al tiempo que lleva la cremallera abierta del pantalón.

¿Hay cura para las rodillas temblorosas y la mente en blanco? Quizá, ¿un trago de whisky? ¿Gotas de valeriana? ¿Respirar profundo? ¿Imaginarse a la audiencia desnuda? Los remedios anteriores no sólo poseen una eficacia cuestionable, sino que tienen efectos colaterales desastrosos: El whisky aunque provee confianza, también da una lengua trabada; la valeriana aunque provee tranquilidad, también da sueño; el respiro profundo aunque provee relajación, también da aire contaminado; la desnudez imaginaria aunque provee diversión, también pone la cosa dura.

Entonces, lo único que realmente soluciona las manos temblorosas y la cara roja como un tomate, es percatarse que quienes lo escuchan en realidad no lo escuchan. Los asistentes se sientan en silencio y observan con atención, pero dentro de sus mentes nada más brotan las siguientes cavilaciones: "Tengo hambre", "Tengo sed", "Tengo hambre y sed", "No pagué la cuenta de la luz", "Está muy frío el aire acondicionado", "Mi jefe me obliga a venir a esto y él no viene", "Está como buena la hija de Rodri", "En realidad, está buenísima la hija de Rodri", "Rodri, compadre, ¿me aceptas como tu yerno?". Inclusive, los espectadores llegan a considerar de vida o muerte responder un mensaje de texto que dice "Y ke mas? Ke a ces?".

El miedo a hablar en público es un mecanismo de protección que se activa, desde el día mismo que al humano le empieza a importar la opinión de los demás. Teme ser juzgado, como él juzgó a más de uno tantas veces. Teme que lo descuarticen, como él lo hizo con una reina de belleza que respondía una pregunta que evaluaba la inteligencia, en un concurso que, se suponía, sólo era de belleza. Teme ser escuchado cuando, precisamente, eso es lo más complicado que ocurra en una especie caracterizada por la indiferencia.

Al final de cuentas, pasará toda una vida evadiendo dicho miedo, y, luego, en la vida después de la muerte estará deseando poder hablarle a la gente. ¿O por qué creen que algunos muebles se mueven sin que nadie los toque?

Hasta una próxima verdad humanamente irracional, Amigos de lo Salvaje.

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Comandante Macondo de la Revolución Animal

Selvas de Suramérica, mayo 17 de 2012


* Si te apetece un delicatesen de estupideces humanas, la recomendación del chef es que leas su libro ‘El Príncipe Azul abre puertas, el Bufón abre piernas’, el cual encuentras en iBooks, Amazon, Google Play y Kobo (English version available).

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